LEÓN, GTO.- Cuando las primeras velas se encendieron y la marcha comenzó a recorrer la ciudad, quedó claro que el evento del rosario en León congregó una marea de fe que no se ve todos los días. Familias, jóvenes y adultos mayores partieron desde el Arco de la Calzada rumbo al estadio de la ciudad cargados de fervor religioso, en una edición más del tradicional acto del rosario.

MARCHA DE LUZ Y ORACIÓN
El camino hacia el recinto se vistió de blanco gracias a las playeras de los asistentes, y el brillo de los cirios encendidos marcó un ambiente de recogimiento y esperanza. La combinación del viento fresco de la tarde con el aroma de los antojitos que abundaban en los alrededores generó un escenario tan urbano como espiritual. Vendedores de velas, rosarios y recuerdos religiosos aprovecharon para ofrecer sus productos mientras los participantes avanzaban con paso firme.
EL ESCENARIO DE LA FE
Dentro del estadio miles de luces titilaban desde las butacas: cada cirio encendido representaba una plegaria, una esperanza, un deseo de unión comunitaria. Bajo el lema “María, esperanza nuestra”, el rosario cobró forma como un acto de devoción que trasciende generaciones. Los cantos y oraciones se mezclaron con el sonido de pasos y el murmullo de miles de voces unidas en un solo gesto.

La tradición del rosario viviente en León suma ya más de setenta años de historia y se ha convertido en una experiencia que combina la solemnidad religiosa con la participación masiva de la comunidad. Esta edición mostró nuevamente cómo el rosario no solo es una práctica de fe, sino un momento de encuentro para familias enteras que acuden juntas, llevando consigo sus propias historias, sus propias velas y su propio deseo de conectarse.
Para muchos participantes, este acto se convierte en un recordatorio de que la fe se celebra en colectivo, en movimiento y con símbolos visibles, el fuego de cada vela, el murmullo conjunto al rezar, el paso por las calles de la ciudad y la entrada al estadio como escenario de luz.
Y al terminar el recorrido, al apagarse los últimos cirios y al vaciarse poco a poco las gradas, quedaba en el aire una sensación de paz compartida, de comunidad fortalecida, de una ciudad que se detiene por unas horas para unirse en el rosario. Fue un acto que, sin estridencias, dejó huella.










